Pero allí estaba.
Estaba allí, como de costumbre, imperturbable, ataviado en un traje negro. Su mirada hacia Julieta era fría y lejana.
A pesar de que ella no deseaba encontrarse con él en ese momento, era el funeral de don Camilo después de todo y no quería armar algún escándalo, así que optó por apartarse.
Leandro colocó las flores frente a la lápida, la observó con recelo y soltó con indiferencia:
—Cuando todo termine, necesito hablar contigo.
Al escuchar eso, Julieta se sintió inquieta por a