Al volver a su piso, Leandro empujó bruscamente la puerta y gritó enfadado:
—¡Julieta!
Recorrió la habitación, nadie le respondió. Tuvo que asegurarse de que Julieta no estaba aquí. ¿Habría vuelto a la Península?
Sin siquiera pensarlo, condujo el coche a toda velocidad hasta la Península. Por el camino, su mente se llenó del rostro de Julieta y se sintió inexplicablemente agitado.
¿Podría ser que ella realmente ya no lo amaba y por eso huyó? No, de ninguna manera.
Esto era un castigo, ella tení