Al otro lado de la línea, Kenny enmudeció al instante. Un silencio sepulcral se apoderó de repente de su despacho.
La provocación de Erick había dado en el blanco, golpeando el punto más sensible que Kenny se esmeraba tanto en ocultar. Kenny apretó el puño izquierdo sobre el escritorio, conteniendo la oleada de ira que le subía de golpe por el pecho.
—No voy a negar eso, señor Erick... —dijo Kenny finalmente, con una voz que sonaba sumamente tranquila, pero cargada de un énfasis letal—. Pero ha