—¿Ya despertaste, Erick?
Una voz grave y familiar saludó los oídos de Erick mientras abría lentamente los párpados. Lo primero que percibió fue el destello de la luz del sol matutino, que se filtraba con timidez a través de los pliegues de las cortinas.
Erick parpadeó un par de veces antes de darse cuenta de que seguía recostado en el sofá de cuero del consultorio del doctor Taylor. De inmediato, se incorporó a toda prisa.
—Dios mío... ¿me quedé dormido aquí toda la noche? —preguntó con un gest