Flora, como de costumbre, estaba sentada tranquilamente en el regazo de Billy. Su muñeca estaba fuertemente abrazada y sus grandes ojos miraban por la ventanilla con una expresión indescifrable.
De todos sus hermanos, Flora era ciertamente la que menos hablaba. Pero cualquiera que prestara suficiente atención se daría cuenta de que aquella niñita lo observaba todo. Sus oídos captaban cada palabra. Sus ojos registraban cada escena. Y su mente, que trabajaba detrás de su silencio, guardaba más de