Por un momento, el tiempo parece detenerse. La habitación queda en silencio, la respiración de Kesha sigue agitada, pero algo empieza a cambiar. Sus ojos, antes distantes, comienzan a enfocarse; las lágrimas empiezan a rodar por sus mejillas mientras su pecho sube y baja.
— Papá... — murmura Kesha, su voz débil, aunque lo bastante clara como para llenar a Miguel de un profundo alivio.
Él la atrae con suavidad hacia un abrazo, sintiendo cómo el cuerpo de ella finalmente se relaja, como si estuvi