— Todo es culpa mía... — se lamenta Pedro, la voz quebrada por el dolor, mientras se derrumba en llanto en los brazos de Mariana. Sus sollozos vienen en oleadas, sacudiendo su cuerpo como si la culpa fuera una tormenta implacable. — ¡Si no hubiera pisado ese maldito casino, mi hija... mi niña... estaría viva! — Aprieta los puños contra su pecho, como si quisiera arrancar el dolor que lo consume.
Mariana lo sostiene con firmeza, pero sus propias lágrimas silenciosas traicionan la fortaleza que i