Ella siempre fue tan especial. Era una mujer de unos cuarenta y tantos años, bajita, algo robusta, una gran madre, echada pa’ adelante como muchas mujeres en Colombia, que el marido no les sirvió y la dejó sola con hijos a cuesta.
—Hola, Lizeth. ¿Cómo amaneciste? ¿Tus hijos?
—Yo bien, mis hijos estudiando y su esposo llegó muy serio, conténtelo, yo me encargaré que no los molesten por un par de horas.
—¡Que no te escuche! —Las dos sonreímos.
—Cierto, de un grito me manda a mi casa. —volvimos a