“Tenía siete años cuando me enviaron por primera vez a tu casa de forma permanente”, afirmó Emrys. Él estaba con el brazo apoyado en la repisa de plata que había sobre la chimenea, cuyas llamas anaranjadas eran nuestra única fuente de luz y calor, mientras yo observaba cómo uno de sus dedos golpeaba la repisa en silencio.
Sentada cómodamente sobre una de mis piernas que estaba doblada debajo de mí, la otra colgaba de un lado de la enorme cama y me costaría bastante llegar al suelo; por suerte,