Un sueño traicionero.

Narra Loreley.

Cuando llegamos a la hacienda, Alfonso se encontraba totalmente ebrio, y con cada paso que daba tambaleaba de un lado a otro al mismo tiempo que intentaba tocarme, y sentía que cada parte de mí que él lograba tocar me dejaba sucia. Me asqueaba percibir su tacto tanto que ansiaba morir en ese preciso momento.

Entonces empecé a evadir su toque, pero era imposible porque el malnacido estaba empeñado en manosear todo mi cuerpo y sin importar lo recia que sea yo él duplica mi fuerza por mucho.

—Te quiero hacer el amor Loreley, no soporto que me trates como lo haces ahora, necesito que mi esposa vuelva a ser la mujer que era antes de que ese muerto de hambre viniera a arruinarlo todo.

Aplasté los labios para no puntualizar porque no debía tratar de utilizar ese calificativo para intentar insultar la existencia de Fernando, ya que claro quedó que puede ser un calculador, pero no un hombre insignificante y de clase baja como Alfonso siempre lo señalaba; no obstante, mejor
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