DARIAN
La pesadez en mis párpados era como si tuviera plomo líquido bajo la piel.
Cuando logré abrir los ojos, la realidad me golpeó. Estaba encadenado a un altar de piedra en el corazón de las cavernas inferiores de las Cañadas Negras. Los grilletes no eran de hierro común; eran eslabones de magnetita negra grabados con runas de dominación que quemaban mi piel cada vez que intentaba tensar los músculos.
Pero lo peor no era el dolor físico. Era la marea viscosa en mi cabeza.
Frente a mí, ilumin