A la una de la madrugada, María fue llevada por Manuel a un bar.
La música estruendosa de rock, cuerpos jóvenes bailando caóticamente, el fuerte aroma de licor denso, todo hacía que uno se sumergiera fácilmente, olvidando el dolor y las preocupaciones en el corazón.
Sentada inmóvil en un rincón del reservado, María sostenía una botella recién abierta de licor fuerte en las manos, sin expresión en el rostro, con los ojos enrojecidos pero sin lágrimas.
A veces, la gente está tan triste que se vuel