Nicolás era uno, su padre era otro, y el hombre frente a ella también lo era.
Lágrimas ardientes se deslizaron silenciosamente por su rostro pálido.
—¡Espera hasta el día en que agote mi paciencia! —Manuel sonrió levemente, inclinándose hacia ella y lamiendo suavemente sus lágrimas, su rostro y sus labios…
Luego, su lengua abrió con fuerza los labios sellados de ella, y su ardiente calor inundó cada uno de sus nervios.
—¡Mmm…
María intentó liberarse, pero su cuerpo estaba firmemente presionado c