Finalmente pudo ver de cerca a ese apuesto hombre que se instaló en lo más profundo de su corazón desde la adolescencia. Luisa yacía en la cama, esforzándose por levantar la cabeza, con lágrimas en los ojos pero mirándolo ávidamente, cada centímetro de su rostro.
—No mereces hablar de la palabra «amor» —dijo el hombre de apariencia distinguida y voz fría.
—Manuel… entre nosotros dos, tú me debes y yo te debo. ¿No podemos olvidar la tristeza del pasado y empezar de nuevo?
Luisa miró con tristeza