Seguramente había caído en el hechizo de Manuel, solo así se explicaba que se volviera tan desvergonzada como él, pronunciando palabras tan descaradas y sin pudor.
—Bien.
Él se enderezó, con la mirada fija en la sumisa mujer en la cama. Sonrió, sus largos dedos descansaron en el cuello de la camisa mientras desabotonaba lentamente los botones negros. Sus movimientos eran sensuales y elegantes, haciendo que el rostro de María se tornara rojo y su corazón latiera ardiente y caóticamente.
Ese hombr