Ese hombre travieso siempre la seducía sin importar el lugar o la ocasión.
No olvides que Luis está presente.
El rostro de María se llenó de un rubor, avergonzada mientras intentaba liberarse de las provocaciones molestas de Manuel.
A pesar de sus intentos, la delgada muñeca fue firmemente sostenida por la gran mano de Manuel. El aliento inestable de él sopló sobre su cabeza, con un tono de descontento y melancolía: —¡No te muevas! Estoy de mal humor, déjame.
Realmente... ¡Aprovechándose de ella