En la habitación cerrada, resonaban los desgarradores gritos de María. Sentía que su cuerpo era desmontado y vuelto a ensamblar, el dolor la hacía jadear incluso si era fuerte.
Realmente era demasiado doloroso.
Miró hacia la puerta de madera de la habitación, tan cerca que parecía que podría alcanzar la manija estirando el brazo. Sin embargo, el dolor la dejó incapaz de levantarse, solo podía arrastrarse por el suelo, aferrándose a sus labios mientras avanzaba con dificultad, pulgada a pulgada.