María estaba firmemente restringida en el sofá, sin importar cuánta fuerza hiciera, no podía apartarlo. Su rostro se volvió tan rojo como una flor de granada, y con rabia apretó los dientes, diciendo: —Manuel, estas cosas no son para mí, nunca te las mostraré, así que ahorra tus esfuerzos.
No debería haber cedido a su momentánea compasión, permitiéndole a ese hombre astuto y malicioso entrar. Ella sabía que no podía esperar que él cambiara sus malos hábitos.
Manuel mordió ligeramente los labios