Manuel estaba de pie junto a la ventana, en su mirada helada se reflejaba el frío. Su mano sostenía el teléfono móvil, y al otro lado de la línea estaba el jefe de la comisaría de Aurelia, Eduardo. Sus delgados labios se curvaron fríamente mientras decía: —¡Soy yo! Que ese criminal que intentó atacarnos, junto con esas escorias que insultaron y arrojaron cosas a mi mujer, permanezcan para siempre detenidos en la comisaría.
Sostenía un cigarrillo entre sus dedos, la fina columna de humo se elevab