La mirada profunda de Manuel se posó en ella. Estaban los ojos enrojecidos, la carita bien blanca y tierna, vestía una bata blanca, con el cabello mojado y suave cayendo sobre sus hombros, parecía un pequeño conejito esponjoso, adorable hasta hacerle cosquillas en el corazón.
Su garganta se movió en un silencioso gesto de tragar saliva, y él sonrió ligeramente: —Aquella noche fui un poco demasiado contigo, lo admito. Pero también me lastimaste. ¿Es que nosotros, los hombres, debemos ser heridos