Enojada, ella dejó de llamarlo cortésmente “señor Sánchez”, sin darse cuenta de que su tono impertinente y su adorable gesto de puchero, como una muchacha que acababa de ser agraviada por su novio, la hacían irresistible y encantadora.
Después de darle su respuesta, María recogió su cuerpo, volvió a su asiento y, con la cabeza baja, comió su desayuno con melancolía.
Las palabras insinceras de antes casi agotaron toda su valentía. Se sintió completamente intimidada por Manuel y avergonzada, con l