A las cuatro y media de la madrugada, justo cuando los sueños estaban en su apogeo.
Después de tomar la poción que Samuel le había traído, María, por alguna razón desconocida, de repente desarrolló una fiebre alta.
—Ugh… —Su rostro mostraba un enrojecimiento inusual, y el aliento que exhalaba era todo fuego ardiente.
Se retorcía incómoda, cerrando los ojos con fuerza mientras rodaba de un lado a otro en la gran cama.
El sudor húmedo empapaba su bata, dejando manchas de agua en las sábanas blanca