Desde que su padre se mudó de la antigua residencia de la familia García, María pasó tres o cuatro días seguidos sintiéndose débil, sin ánimos.
Su rostro, que ya era pequeño, se volvió aún más demacrado.
Manuel gastó una gran cantidad de dinero para contratar a varios chefs en los grandes restaurantes de Aurelia. Todos los días preparaba diferentes platos para que María los probara, pero su apetito era escaso, y los resultados no eran significativos.
La curación generalmente requería tiempo.
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