La calle frente a la cafetería estaba casi vacía.
Las luces amarillas de los faroles iluminaban el pavimento húmedo, creando reflejos irregulares en los charcos que la lluvia había dejado horas antes. El barrio, que durante el día estaba lleno de vida, ahora parecía silencioso y desierto.
Demasiado silencioso.
Sebastián estacionó el automóvil a media cuadra del local y apagó el motor.
Durante unos segundos ninguno de los dos habló.
Ambos observaban la cafetería desde la distancia.
Las ventanas