El punto de vista de Flavia
El coche frenó de golpe con un chillido en un muelle desierto y empapado por la luz de la luna.
Sentí como si mi alma finalmente hubiera alcanzado a mi cuerpo. Se me revolvió el estómago y, antes de poder procesar que estábamos a salvo, salí a gatas por la puerta del copiloto y me doblé por la mitad, vomitando sobre el hormigón frío. La adrenalina se estaba agotando, reemplazada por un temblor hueco que me calaba hasta los huesos.
Andrés bajó del coche, luciendo tan