Yo puedo ayudarla o destruirla.
El hombre que había provocado aquella incomodidad en Loren no parecía tener ninguna intención de marcharse. Alberto Montreal, propietario de una reconocida cadena hotelera que se había extendido por varias ciudades europeas, tenía treinta y dos años y una presencia que, a primera vista, podía resultar impecable. Vestía un esmoquin negro perfectamente ajustado, llevaba el cabello oscuro peinado hacia atrás y hablaba con una seguridad tranquila, casi arrogante, propia de alguien acostumbrado a mo