Cuando Loren terminó de arreglarse y salió de su habitación, la Villa de Tulipanes parecía sumida en una calma distinta a la de otras noches. El frío de Londres había descendido con fuerza sobre la propiedad y, desde los ventanales del tercer piso, podía observarse cómo una fina neblina comenzaba a cubrir los jardines, envolviendo los tulipanes y los senderos de piedra bajo una capa blanquecina que hacía que todo pareciera más silencioso. Loren se detuvo unos segundos frente al espejo antes de