Arrebujada contra el pecho de Franco y queriendo que un rayo misericordioso la alcanzara en ese momento y la hiciera desaparecer, Valeria escuchaba lo que ocurría a su alrededor, sin atreverse a levantar la cabeza ni mirar a nadie. Nunca había estado tan avergonzada y dudaba mucho de que cualquier experiencia futura pudiera siquiera acercarse a la humillación que en ese momento la embargaba.
—Franco, por favor… —susurró cuando reunió fuerzas para hacerlo—, ¿por qué no me dejas y ya? Quiero irme