Valeria se estiró sobre las sábanas de algodón egipcio de la cama de Franco. la tarde caía y el sol entraba, con un resplandor anaranjado, a través de la ventana del piso treinta del lujoso edificio en el que vivía el hombre con el que acababa de hacer el amor. Franco regresaba de la cocina, con una gran bandeja en la que había servido la pizza que acababa de ordenar, junto con una botella de vino y dos copas.
—Dormiste un poquito, mi osita preguntó Franco a Valeria luego de haber dejado la