Me había dado otra ducha, tratando de lavarme no solo el sudor y la tensión del día, sino también la incertidumbre que me carcomía por dentro. El vapor se disipaba lentamente en el cuarto de baño, pero no lograba borrar el caos que reinaba en mi mente.
Tuve que utilizar nuevamente todas las pertenencias de Sebastiano. Un cepillo de dientes nuevo que él había dejado a un lado, su shampoo de aroma amaderado, su jabón que dejaba un rastro de él en mi piel, su crema... y ahora, otra vez, su ropa. L