Maxwell y Valentina se miraron fijamente; ninguno quería ceder.
—No me hagas perder el tiempo —le sentenció Maxwell con voz controlada, y con sus facciones endurecidas como si estuvieran esculpidas en mármol.
Valentina entrecerró los ojos sutilmente mientras observaba las manos del duque, anchas, largas y que emanaban fuerza.
—Va a ser doloroso. —Fue su advertencia antes de acariciarle suavemente la palma de la mano con el pulgar envuelto en un pañuelo de seda con bordes dorados y el nombre