Carlos era admirador del arte en todas sus manifestaciones,
según él se decía; y aunque la música era la manifestación predilecta,
porque le llegaba más al alma, con una vaguedad que le encantaba y que
no le exigía a él previo estudio de multitud de ideas concretas que
debían de andar por los libros de facultad mayor; y aunque la susodicha
música era el arte que él mejor poseía, merced a sus estudios de solfeo
y de flauta, no había dejado de ejercitarse en una u otra época de su
vida, sin pretensiones, por supuesto, en cuanto mero aficionado, en
otros medios humanos de expresar lo bello. La poesía le parecía muy
respetable, y sabía de memoria muchos versos; pero las dificultades del
consonante siempre le habían retraído del cultivo de las musas;
despreciaba, porque su sinceridad de hombre de sentimiento y de
convicciones no le permitían otra cosa, despreciaba los ripios y hasta
los consonantes fáciles; y así, las pocas veces que había ensayado la
gaya ciencia, se había ido derecho al