Russell lanzó un suspirto cansado.
—Tus celos son inimaginables, ¿Y sabes qué? Sí, Marina me gusta, es una mujer hermosa.
Demetrius sintió como si le hubiesen vertido una cubeta de agua caliente encima, casi estuvo por golpearlo, lo tomó del cuello de la camisa, por encima de la mesa, casi lanzando los cubiertos al suelo.
—¡Basta, hombre! Deja de pensar con tus impulsos, usa tu m*****a cabeza —sentenció Russell, Demetrius lo liberó—. He dicho que tu mujer me gusta, que es hermosa, eso no lo pued