La voz del hombre era grave y profunda, como el sonido de un instrumento de cuerdas, con un toque delicado. Con cada pregunta, parecía acercarse más a ella. Cuando habló del beso, sus labios ya estaban cerca de su oído, y su voz, con un tono seductor, pronunció su nombre con una ternura que resultaba irresistible.
Clarissa se despertó de golpe, sentándose en la cama.
Su cara ardía, sus oídos estaban calientes y su cuerpo se sentía débil. No le sorprendía la idea de que, si intentaba pararse,