Amber Whyte.
El camino del baño al coche fue el paseo más largo y vergonzoso que jamás había soportado.
Me miraban por todas partes: a la nuca, clavadas en mi piel. Me devoraban viva. Ardían de curiosidad. Me juzgaban sin piedad.
Enfurecidos porque rechacé su intento de salvarme.
Disgustados al comprender el motivo de mis gritos resonantes.
Estaba mortificada.
No podía caminar. No podía decir ni una palabra. No podía mirar atrás. No podía parar de gotear.
No podía parar de temblar.
Los trillizo