Ah, sí que voy...
Hardin
Otro bocado. Empezaba a sentirme mareado. Sin apetito, observaba la comida frente a mí, mientras volvía a mirar la puerta de entrada. Arranqué la servilleta y me limpié la boca, luego miré el reloj de metal en mi muñeca y me irrité. Había pasado una hora y media, y yo todavía lo esperaba, como un imbécil. Un talonario de cheques en el bolsillo, y mucha charla.
Así era como pretendía salvar a mi mujer, así como ella me salvó algún día. El poder, eso era lo que teníamos. Comprábamos a las