Amanda despertó con una sensación confusa de peso en el pecho y un frío que le recorría el cuerpo por debajo de las sábanas.
No entendía dónde estaba ni por qué le costaba tanto mover los brazos, y durante unos segundos solo percibió un murmullo lejano, un pitido constante que no lograba ubicar.
Frunció el ceño y, con un esfuerzo torpe, llevó una mano hacia su vientre. El gesto fue lento, inseguro, como si no confiara del todo en que su cuerpo fuera a obedecerle. Cuando apoyó la palma sobre su