Llegaron a casa con las manos entrelazadas, la noche envolviéndolos en una calma dulce después de la cena.
El restaurante había sido perfecto: risas, toques, miradas que prometían más.
Amanda se sentía llena, satisfecha en todos los sentidos, el cuerpo pesado por el comida y por el placer residual de horas antes. Evan apagó las luces del salón y la guio escaleras arriba.
—Me gusta más mi casa—comentó Amanda, lo que hizo que Evan le diera una nalgada, soltó un gemido de sorpresa y luego los dos