Dos semanas después.
Las heridas de Edgar habían mejorado bastante y el veneno había desaparecido por completo. Solo quedaba que se curaran las cicatrices.
Edgar miró fijamente a su médico personal y a los enfermeros que lo habían estado cuidando. Hacía mucho tiempo que no veía a su esposa, pero aún no le dejaban irse. Cada vez que Edgar intentaba quitarse a la fuerza las esposas de las manos, le administraban un sedante para inmovilizarlo.
«¡Suéltame, malditos! Hace mucho tiempo que no veo a m