DAMIÁN ASHFORD
—Caballeros, ¿me acompañan? —dijo con amabilidad y abandonamos el consultorio detrás de él, dejando a los policías frustrados y con las manos vacías. Su buen trabajo no fue recompensado con gloria, sino con humillación.
Lucien y yo compartimos una mirada confundida, mientras sobábamos nuestras muñecas y avanzábamos un par de pasos detrás de él. Dudando si era prudente escapar, pero sabíamos bien que no podíamos. ¿Qué pasaría con Camille, con Rocío y con mi hija? No podíamos irn