A trescientos metros de altura sobre el asfalto de la avenida Michigan, el ruido del mundo no era más que un murmullo lejano, inofensivo.
El penthouse triplex de Magnus no parecía una vivienda humana.
Era una catedral de cristal, acero y mármol oscuro suspendida entre el azul metálico del lago y las nubes de Chicago.
Me quedé de pie junto al ventanal del gran salón, sujetando una taza de té entre las manos, sintiendo el vapor tibio acariciarme el rostro.
Abajo, el tráfico se movía como un río