El archivo de audio terminó con un chasquido seco.
Se hizo un silencio absoluto en el despacho.
Me quedé mirando la pantalla donde las ondas de frecuencia de la voz de Julián permanecían estáticas.
Sentí que algo se rompía definitivamente dentro de mi pecho, no como un dolor de luto o de tristeza, sino como la muerte de una ilusión que había intentado sostener durante años por pura responsabilidad de sangre.
Julián. Mi propia carne.
El muchacho al que le había dado el apellido Thorne, al que