Capítulo 60.
Dante conducía por las calles de Zúrich como un demonio que acaba de escapar del infierno. Apretaba el volante con tanta fuerza que sus dedos se le marcaban blancos bajo la piel bronceada.
No se iba a quedar tranquilo, de brazos cruzados, esperando a que los Hoffmann dieran el siguiente golpe.
Ahora que Elena estaba volando hacia la frontera con Francia, lejos del alcance de Charlotte y de cualquier amenaza inminente, Dante sentía que finalmente podía respirar y, sobre todo, podía contraatacar.