Capítulo 54.
Pero esa mañana, el cielo gris y pesado parecía un espejo del alma de Dante. La camioneta blindada subió el camino de grava y se detuvo frente a la entrada principal de la mansión con un frenazo seco.
Dante apagó el motor, pero no se bajó de inmediato.
Se quedó unos minutos con las manos aferradas al volante, apretando el cuero hasta que los dedos se le pusieron blancos. Respiró hondo, pero el aire dentro del auto estaba viciado.
Se bajó del auto cerrando la puerta con más fuerza de la necesari