37. no volver a casa
Esa tarde el aire estaba tan caliente que le picaba la piel como una promesa que nunca se cumplió.
Alan, que acababa de bajarse de su auto de lujo, se dirigió directamente al lobby de su empresa, sus pasos eran rápidos y su mirada aguda miraba al frente.
El sudor goteaba por su frente, pero no le importaba, sólo quería entrar, escapar del sol abrasador y de las sombras que seguían persiguiéndolo: la sombra de la mujer que secretamente había estado llenando su corazón, a pesar de que el mundo no