32. Sin Culpa
Serli caminó hacia su habitación luego de abrir la puerta con manos aún temblorosas. El aire de la noche era frío, pero no era el viento lo que le hacía temblar: era la imagen que seguía atormentando su mente. Cerró la puerta lentamente, como si temiera que el sonido despertara fantasmas del pasado. Sin embargo, no es necesario resucitar al fantasma. Vive en cada latido del corazón de Serli.
La mujer inmediatamente se acostó en el colchón aún limpio, sin quitarse los zapatos. Sus ojos miraban a