Cuando abrí los ojos con un sobresalto, me di cuenta de que la voz que resonaba en mi cabeza no era la de papá. Era el Sistema.
Me explicó que, al marcharse, mi padre había dejado una puerta abierta para mí. Podía viajar a su mundo si así lo deseaba.
Por supuesto que quería ir. Quería huir del infierno.
Pero me tragué la desesperación antes de decir un «sí» apresurado.
—¿Mi vida será mejor si me voy con papá? —pregunté, sintiendo un nudo en la garganta—. Si de verdad me amaba, ¿por qué no me llevó con él desde el principio?
El Sistema me explicó que mi padre había aceptado la misión en este universo porque la abuela estaba al borde de la muerte. Solo vino aquí con el objetivo de salvarla.
En su mundo original, él apenas era un estudiante de segundo año de universidad. No solo había vaciado todos sus ahorros para pagar los gastos médicos, sino que además tuvo que asumir una gigantesca deuda familiar.
Mis cuatro madres le habían jurado que, sin importar de quién fuera hijo, me tratarían como a su propia sangre. Le rogaron entre lágrimas que dejara algo atrás para poder recordarlo.
Cualquier padre que amara a su hijo intentaría asegurarle el mejor futuro posible. Él no quería que yo viviera en la miseria a su lado, lidiando con deudas y sufrimiento. Por eso me dejó aquí, en la cuna de oro que mis cuatro madres podían ofrecerme.
—Henry —llamó el Sistema con una suavidad inusual, casi como una caricia digital—. Tu padre te ha estado esperando durante años. No buscó una nueva novia ni tomó a nadie por esposa. Compró una casita y ha estado aguardando por ti todo este tiempo. ¿Estás dispuesto a regresar a su lado?
Asentí sin dudarlo un segundo.
El Sistema dejó escapar un sonido parecido a un suspiro de alivio. Acto seguido, me informó de la única condición: una vez que mi cuerpo muriera en ese mundo, mi alma al fin podría viajar para encontrarme con papá.
No lo pensé dos veces. Me quité la ropa destrozada, armé un nudo corredizo con la tela y lo até a los barrotes superiores de la jaula en la que vivía. Había visto a la gente hacer algo similar en la televisión. Sabía que la muerte llegaría en cuanto metiera la cabeza en el agujero y dejara caer el peso de mi cuerpo.
Para mi suerte, la jaula de hierro era inmensa y yo era demasiado bajo por culpa de la desnutrición.
Metí la cabeza en la soga improvisada y me dejé caer.
No tardé mucho en empezar a asfixiarme. Mis pulmones ardían en busca de un aire que ya no llegaba, pero, contra todo pronóstico, la euforia me invadió a medida que mi consciencia comenzaba a desvanecerse en la oscuridad.
Faltaba muy poco para ver a papá. Pero mi liberación se vio interrumpida.
Escuché un grito ahogado llamándome por mi nombre. Alguien abrió la puerta de la jaula, cortó el nudo y me salvó de la oscuridad.
Caí al suelo tosiendo de forma violenta. Cuando logré llenar mis pulmones de aire otra vez, levanté la vista y me encontré con unos ojos hundidos en el pánico.
—Mamá... —dije al verla.
Me arrepentí en el mismo segundo en que la palabra salió de mi boca.
El pánico en la mirada de Gloria Yates se esfumó y fue reemplazado por el desprecio al escucharme.
—No me llames así —dijo ella con asco, retrocediendo un paso—. No tienes ningún derecho a llamarme de esa forma.
Gloria era una de mis madres. Una poderosa CEO que manejaba imperios enteros. De las cuatro, ella siempre había sido la que más me consentía. De hecho, nuestros ojos eran casi idénticos.
Había pasado los últimos años viviendo en su villa. Antes, ella solía comprarme cualquier cosa que mi corazón deseara. Una vez llegó a decirme que, si yo se lo pedía, encontraría la manera de arrancar las estrellas del cielo solo para dármelas.
Pero todo ese amor se pudrió y desapareció tres años atrás.
Fue Gloria quien trajo a William Carson a casa desde el extranjero.
Solo entonces me enteré del oscuro secreto: mis cuatro madres habían tenido un gran primer amor mucho antes de conocer a papá. Un hombre que las traicionó, les robó una inmensa suma de dinero y huyó del país para hacer su vida.
La aparición de mi padre en sus vidas fue lo que las salvó de la ruina. Las ayudó a sanar y a dejar ese pasado doloroso atrás.
Pero cuando aquel primer amor se encontró en su lecho de muerte, decidió llamar a Gloria. Lloró, se disculpó por sus pecados y le rogó que acogiera a su hijo, William.
Y ellas aceptaron. Me dijeron que, como William era menor que yo, debía ser comprensivo y tolerante con él.
Traté a ese chico como si fuera de mi sangre. Pero William tenía una agenda muy distinta: planeó monopolizar el amor de mis madres desde el momento en que entró por la puerta de la villa.
Me acusaba de golpearlo cada vez que aparecían heridas misteriosas en su piel. Me culpó de haberlo empujado el día que rodó por las escaleras en un supuesto accidente.
Y mis madres, cegadas por la culpa y el fantasma de su antiguo amor, se sintieron cada vez más decepcionadas de mí con cada nueva mentira de William.
El punto de quiebre llegó cuando una docena de matones le dio una paliza a William en un callejón oscuro, dejándolo al borde de la muerte.
Tras el arresto de los delincuentes, estos declararon en mi contra. Me señalaron como el autor intelectual, el villano que les había pagado para casi matar al chico.
Negué las acusaciones, pero no sirvió de nada. Desde ese maldito día, me convertí en un criminal a los ojos de mis madres. Me quitaron todo. Incluso me prohibieron llamarlas «mamá».
Me sacaron a rastras de la cómoda habitación de mi infancia y me obligaron a vivir encerrado en una asquerosa jaula para perros. El personal de la mansión me escupía y me llamaba asesino cada vez que pasaba cerca. Recibía palizas de los guardias y me mataban de hambre por días enteros.
Al recordar mi lugar, bajé la cabeza de inmediato para no mirarla a los ojos.
—Perdón, seño... señora Yates —murmuré con la voz rota.
Gloria no se ablandó para nada con mi sumisión.
—¿Qué intentabas hacer, Henry? —exigió saber con frialdad—. ¿Intentabas acabar con tu vida solo para llamar nuestra atención? Eres tan estúpido. ¿Por qué elegiste este rincón de entre todos los lugares de la casa para hacerlo? Este sitio huele a humedad y a perro. Nadie iba a encontrar tu cadáver pudriéndose aquí.
Así que eso era. Gloria asumió que mi intento de suicidio era solo un engaño.
No me molesté en corregirla. Pero algo seguía sin cuadrarme.
—¿Y por qué bajó usted hasta aquí, señora Yates? —pregunté en un susurro ronco—. Tenía entendido que odiaba la suciedad por encima de todas las cosas.
Gloria frunció el ceño, molesta por mi atrevimiento.
—Esta es mi propiedad y puedo ir a donde se me dé la maldita gana —declaró con altivez—. Pero vine aquí a darte una advertencia muy clara. Hoy es el cumpleaños de William. No voy a permitir que le causes ningún tipo de problema ni le arruines el día. Lo que significa que tienes prohibido morirte aquí hoy.
Asentí con sumisión.
Qué irónico. Gloria solo me había cortado la soga porque un cadáver en la villa habría arruinado la preciosa fiesta de cumpleaños de William.
Supuse que, si quería acabar con mi vida para volver con mi padre, tendría que buscar un lugar muy lejos de su vista.
Apenas Gloria me dio la espalda y abandonó el cuarto de la jaula, reuní la poca fuerza que me quedaba, me puse de pie y salí de la residencia Yates para siempre.