El silencio cayó sobre la fría sala de la morgue como una losa de plomo, apenas roto por el eco distorsionado de los sollozos falsos de William a través del teléfono.
Pasó un tiempo largo antes de que Gloria encontrara la voz para preguntar.
—¿Quién te golpeó, William? —cuestionó ella, con la respiración entrecortada.
—Fue Henry —respondió el chico entre lágrimas de cocodrilo.
—¿Hace cuánto tiempo pasó eso? —insistió Gloria, y arrugó el ceño.
—Hace media hora —aseguró él sin dudarlo.
Al ot