Cuando volvió a despertar, lo primero que percibió fue el olor a desinfectante.
Valentina abrió lentamente los ojos. Sobre ella se extendía un techo blanco.
La habitación estaba tan silenciosa que podía oír el goteo del suero.
Giró la cabeza y miró a su alrededor. No había nadie junto a la cama.
No le sorprendió. Damián no iría a verla, y los Santillán tampoco.
Durante los días siguientes, pasó la recuperación sola en el hospital.
Cada día, le llegaban nuevas noticias sobre Damián y Abril al teléfono.
Que Damián había llevado a Abril a una consulta privada. Que le había comprado una colección completa de bolsos de edición limitada. Que la había llevado a la playa para que se relajara...
Antes, cada vez que veía noticias así, dejaba lo que estuviera haciendo y corría a buscarlo. Lo apartaba de Abril y se lo llevaba a casa.
Pero ahora simplemente ignoraba las notificaciones y seguía con su rutina: atender sus heridas, comer y dormir, sin decir nada.
Cuando estuvo casi recuperada, hizo los trámites del alta y tomó un taxi hasta la mansión en la que había vivido durante años.
Los mayores de ambas familias habían obligado a Damián y a ella a vivir juntos para que se acercaran más.
En aquel entonces, Valentina estaba tan feliz que pasó tres meses diseñando personalmente cada detalle de la decoración y convirtió la casa en el hogar con el que siempre había soñado.
Ella había elegido las cortinas azul claro de la sala, diseñado las estanterías del estudio y comprado en el extranjero cada pieza de la vajilla.
Pero ahora, nada de aquello le pertenecía.
Subió las escaleras y comenzó a empacar sus cosas.
Estaba a mitad de ordenar el armario cuando sonó su teléfono.
Era Bruno Salvatierra, uno de los amigos de Damián.
—¡Valentina! ¡Tenemos un problema! —La voz de Bruno sonaba desesperada—. ¡Ese loco de Damián quiere participar en una carrera de caballos para ganarle un maldito collar a Abril! ¡Todavía tiene la placa que le pusieron por la fractura que sufrió en el accidente de auto! ¡Si vuelve a caerse, podría quedar inválido!
Valentina guardó silencio unos instantes antes de responder con absoluta calma:
—¿Y? ¿Qué tiene que ver conmigo?
—¿Cómo que qué tiene que ver contigo? —Bruno se quedó desconcertado un instante, pero enseguida alzó la voz—. ¡Tienes que venir a impedir que participe! En todos estos años, ¿a quién le ha hecho caso Damián, aunque sea un poco, aparte de ti?
—No va a hacerme caso —respondió Valentina—. Y tampoco voy a seguir pendiente de él. Ni ahora ni en el futuro. Que haga lo que quiera. Ya no es asunto mío.
—¡¿Qué estás diciendo?! ¡Valentina, ¿te has vuelto loca?! ¡Tú...!
Valentina no quiso seguir escuchándolo. Colgó y continuó doblando la ropa.
Pero el teléfono volvió a sonar poco después. Era Bruno otra vez.
Esta vez, apagó el teléfono sin siquiera contestar.
Por la noche, encendió el televisor y vio una noticia local:
“Damián, heredero de la familia Alcázar, sufrió una caída de caballo durante una carrera y fue trasladado al hospital”.
No le sorprendió. Ni siquiera se detuvo a mirar la pantalla. Simplemente apagó el televisor y se fue a la cama.
Sin embargo, poco después, oyó una sucesión de pasos apresurados y desordenados en la planta baja.
No les prestó atención y se acostó. Pero, al instante siguiente, la puerta del dormitorio se abrió de golpe.
Damián apareció con una bata de hospital. Llevaba el brazo izquierdo en cabestrillo y tenía el rostro pálido por la pérdida de sangre. Sin embargo, su mirada seguía siendo tan penetrante como siempre mientras recorría la habitación.
Valentina se quedó desconcertada por un instante y se incorporó apoyándose en las manos.
—¿Qué haces aquí?
Damián observó su actitud indiferente. Sus pupilas se contrajeron ligeramente y, de pronto, soltó una risa burlona, como si ella hubiera tocado un punto sensible.
—¿Que qué hago aquí? ¡Pues porque no quiero que vuelvas a armar un escándalo por mi carrera de caballos y destroces los autos que me quedan en el garaje!
Entonces Valentina lo recordó.
La última vez, Damián había sufrido un accidente de auto por conducir de forma temeraria por Abril. Temiendo que algún día acabara muerto en la carretera, Valentina había perdido los estribos y ordenado que destrozaran los más de diez autos de lujo que él guardaba en el garaje.
Después, él la había señalado con el dedo y la había llamado mandona, controladora y loca.
Aquellos recuerdos volvieron con una nitidez dolorosa.
Valentina respiró hondo para contener la tristeza que le oprimía el pecho. Se esforzó por mantener un tono sereno.
—Te equivocas. No he tocado tus autos. A partir de ahora, puedes hacer lo que quieras. Ya no voy a meterme en tus asuntos.
Al pronunciar aquellas palabras, ella misma sintió que se quitaba un enorme peso de encima.
Pero Damián se quedó paralizado.
Era la libertad que llevaba años deseando. Sin embargo, al oír aquellas palabras, sintió una inquietud inexplicable.