Capítulo 4
—¡Valentina, ¿qué significa esto?! —Damián se acercó a grandes zancadas y la escrutó con la mirada—. ¿Te has empeñado en hacerte la difícil estos últimos días? ¡No te importó que Abril y yo apareciéramos en las noticias ni que me cayera del caballo y acabara en el hospital, y ahora hasta te atreves a decir que ya no vas a meterte en mis asuntos!

Se inclinó hacia ella, cubriéndola con su sombra. Su tono rebosaba sarcasmo.

—Valentina, te lo diré por última vez: deja de recurrir a estos trucos tan trillados para llamar mi atención. ¡No te van a servir de nada!

Valentina estaba agotada. Justo cuando iba a decirle que todo era un malentendido, una voz suave y temblorosa, a punto de quebrarse, llegó desde la puerta.

—Señorita Santillán...

Abril estaba allí; nadie sabía desde cuándo. Tenía los ojos enrojecidos y temblaba ligeramente, como si una ráfaga de viento pudiera derribarla.

Avanzó un par de pasos con timidez. Su mirada iba de Damián a Valentina, hasta que finalmente bajó la cabeza y murmuró con voz apenas audible:

—Señorita Santillán, se lo ruego... Si tiene que desahogar su rabia con alguien, hágalo conmigo. Pero no discuta con Damián. Todavía no se ha recuperado de sus heridas...

Antes de terminar la frase, las lágrimas comenzaron a caerle por las mejillas como un torrente.

—Lo sé... Sé que no soy suficiente para Damián. —Se cubrió la boca con una mano y rompió a llorar; los hombros le temblaban sin control—. Cuando ustedes se casen, me iré muy lejos y no volveré a aparecer. Hasta entonces, ¿podría dejarme verlo un poquito más? Solo por estos días... ¿Por favor?

Aquellas palabras se le clavaron a Damián en el corazón, disfrazadas de dulzura.

—¡Abril! ¡¿Qué tonterías estás diciendo?!

Su expresión cambió por completo. Casi por instinto, acortó la distancia entre ellos y la estrechó entre sus brazos con tanta fuerza que parecía querer protegerla de todo.

Después de comprobar que ella no se hubiera asustado, levantó bruscamente la cabeza y fulminó a Valentina con la mirada.

—¿Acaso no sabes cuánto la detesto? ¡Jamás, ni aunque me muriera, podría enamorarme de ella! Aunque nos casemos, solo tendrá el título de esposa. ¡No conseguirá nada más de mí!

Cuando por fin logró calmarla, Damián le secó delicadamente las lágrimas con las yemas de los dedos. Su voz se volvió increíblemente dulce.

—Vamos, pórtate bien y deja de llorar. Me parte el corazón verte así.

Abril siguió sollozando contra su pecho. Tardó bastante en tranquilizarse y, cuando por fin lo consiguió, se aferró a la ropa de Damián con sus manos.

—Damián, ya hablaremos de eso más adelante... Lo más importante ahora es que vuelvas al hospital y te recuperes bien, ¿sí?

Solo entonces Damián volvió la mirada hacia Valentina, que seguía sentada en el borde de la cama.

—No pienso volver. Detesto el olor a desinfectante de los hospitales. Además, aquí tenemos un equipo médico privado. Me recuperaré en casa.

Luego se volvió hacia Valentina y levantó ligeramente la barbilla, dándole una orden.

—¿No querías hacerte la generosa y fingir que no te importa nada? Perfecto. Ve a decirles a los empleados que preparen una habitación de invitados. Abril se quedará aquí unos días. Mientras me recupero, quiero verla todos los días.

Valentina asintió sin cambiar de expresión.

—Está bien.

Se levantó y pasó junto a él sin detenerse ni un instante. Ni siquiera dedicó una mirada de reojo a la pareja que seguía abrazada a su lado.

Era como si ambos fueran invisibles para ella.

Durante los días siguientes, hubo una persona más en la mansión.

Damián y Abril veían la televisión en la sala mientras Valentina calentaba leche en la cocina; paseaban por el jardín mientras ella ordenaba los libros del estudio, y él le pelaba personalmente una manzana a Abril mientras Valentina doblaba ropa en el piso de arriba.

Se había convertido en una muñeca sin alma, invisible incluso en su propio hogar.

No discutía, no hacía escenas, no perseguía a Damián ni vigilaba sus movimientos. Ni siquiera volvía a mirarlo más de lo necesario.

Al principio, Damián disfrutó de la tranquilidad. Sin embargo, al cabo de tres días, empezó a sentir que algo no estaba bien.

Durante el desayuno, dejó caer un cuenco al suelo a propósito, esperando que ella lo reprendiera como antes por ser tan descuidado. Pero Valentina se limitó a llamar a una empleada para que recogiera los pedazos y luego subió con su vaso de leche.

Después de cenar, puso música a todo volumen, esperando que ella fuera a apagar el equipo. Sin embargo, la puerta de su habitación permaneció cerrada y no se oyó ni el menor movimiento.

Damián frunció el ceño y no pudo evitar mirarla varias veces.

Valentina estaba sentada en el sofá, leyendo un libro, impasible.

La Valentina de antes, que lo esperaba en la sala cuando él llegaba tarde a casa y rompía a llorar cuando lo veía pasar demasiado tiempo con Abril, parecía haber desaparecido de repente.

¡¿De verdad podía soportarlo todo sin reaccionar?!

El fastidio de Damián no hacía más que crecer.

Abril se dio cuenta de cómo miraba a Valentina. Su mirada se ensombreció por un instante, pero no dijo nada.

Aquella noche, cuando Valentina estaba a punto de acostarse, alguien abrió la puerta de su habitación de una patada.

Damián estaba en el umbral, con el rostro lívido. A su lado se encontraba Abril, con los ojos enrojecidos de tanto llorar.

Valentina ni siquiera había tenido tiempo de hablar cuando un teléfono salió volando y la golpeó con fuerza.

—¡Valentina, por fin se te acabó la paciencia! —La voz de Damián era gélida—. ¿Así que ahora has decidido recurrir a estas bajezas?

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